DE LA CULTURA DEL SUBSIDIO A LA DEL PRÉSTAMO SOCIAL

Lo mejor es decirlo cuanto antes porque la propuesta es sencilla: sustituir los subsidios y las subvenciones a fondo perdido para parados involuntarios, empresas públicas y privadas, comunidades autónomas, ayuntamientos, organismos autónomos..etc, por préstamos o créditos sociales sin interés que tendrán que ser devueltos en condiciones asequibles en el futuro. Se conseguiría de esta forma reducir el imparable crecimiento del Gasto y la Deuda Pública a la vez que aumentaría el margen de maniobra futuro de la política monetaria para estimular la actividad económica. Se trata en definitiva de cambiar la tan generalizada cultura del subsidio por la cultura mucho más exigente y a la vez estimulante del préstamo.

Como toda decisión económica de cierta trascendencia su implantación no debería tener un carácter drástico y traumático sino gradual y respetando los derechos y compromisos contraídos en la actual legislación. La prudencia, especialmente necesaria en cuestiones sociales que implican a gran número de personas, llevaría a compaginar sistemas actuales de marcado matiz solidario pero vergonzante y, por qué no decirlo, muchas veces electoralista a limosneramente interesado, con sistemas de préstamos de múltiples variedades y especificaciones concretas. Se iniciaría así la tendencia hacia esa nueva forma de entender la solidaridad que consiste en aumentar la confianza en la capacidad de esfuerzo y de trabajo futuro de los trabajadores en paro involuntario o de los jóvenes (o menos jóvenes) proyectos empresariales faltos de capital o en situaciones delicadas.

Por la actualidad y dimensión del problema conviene centrarse en el subsidio de desempleo aunque insisto en que es aplicable a muchos otros ámbitos. La crisis económica ha puesto dramáticamente sobre el tapete el gran interrogante de saber si el Estado es, y será, capaz de mantener un tan elevado nivel de gasto a fondo perdido en desempleo en éste y en próximos años.

El interrogante se amplía cuando son ya muchos expertos los que reconocen que el actual sistema, tan socialista y tan promocionado por sindicatos (teóricos representantes de los trabajadores que trabajan), tiene efectos perversos sobre el mercado de trabajo, sobre el fomento del empleo, sobre las empresas creadoras de puestos de trabajo y, especialmente, sobre esos trabajadores que laboran activamente y que cada vez tienen que sufragar y sostener un mayor volumen de pasivos. La tentación al abandono del carro de la actividad puede resultar irresistible para ellos.

Los sistemas actualmente vigentes conducen a que la parte activa de la población se divida en dos grandes bloques: los que tienen contratos estables y los que se ven abocados a peregrinar alternando indefinidamente periodos de empleo con periodos de paro subsidiado. El mismo Julio Segura afirmaba que “se da la situación paradójica de que cuando más empleo se crea mayores son los pagos por desempleo derivados tanto de una creciente tasa de cobertura como del fuerte ritmo de rotación de la mano de obra derivada de los contratos temporales y de los beneficios que llevan aparejados”.

Ese peregrinaje, necesario muchas veces, pero también interesado otras muchas, tanto para el personal como para las mismas empresas, incide en las escasas posibilidades y en el escaso interés por mejorar en algo de tan vital importancia en el cambiante mundo de hoy como es la formación y calificación profesional a todos los niveles. Los contratos temporales ligados al seguro a fondo perdido incentivan a trabajar sólo un tiempo determinado pensando que luego se tiene derecho a un periodo de subsidio.

Los desempleados que perciben prestaciones a fondo perdido buscan empleo con menos intensidad incrementando el tiempo en que permanecen parados. Muchas veces no se aceptan las demandas de trabajo existentes y también las empresas se aprovechan de este laberinto de disposiciones laborales que fomenta la pasividad y la triquiñuela. Esos efectos perversos dan lugar a que se incremente el desempleo existente, se estimule una cierta apatía pasiva en la sociedad, se dificulte una recuperación eficaz del empleo en épocas de crecimiento económico y se fomente la picaresca social y el fraude puro y duro a todos los niveles.

No conviene perder nunca de vista que, contra los razonamientos simplones y obsoletos de suma cero, el trabajo activo engendra trabajo y la pasividad del paro laboral y empresarial genera más depresión económica, social y humana.

La propuesta que hago a vuela pluma en estas páginas de se basa en la perentoria conveniencia de reducir el déficit público y la galopante Deuda asociada, pero, sobre todo, en la todavía más importante necesidad de “poner a todo el mundo a trabajar” confiando en las propias fuerzas personales y también de equipos, empresas, regiones o naciones, y sabiendo con seguridad que, paradógicamente, el recuso más escaso sigue y seguirá siendo el buen trabajo humano. La sustitución del concepto de caridad laica nacional por el de préstamo social significa poner el punto de mira a un nivel más alto que implica a todos y cada uno, individual y socialmente, en la tarea del trabajo imaginativo, creativo y confiado de cara al futuro.

Un préstamo que hay que devolver solucionaría también las necesidades básicas y urgentes, pero, además, eliminaría gran parte de esos efectos perversos; borraría del entramado social una bolsa importante de fraude y estimularía la búsqueda de empleo y la dedicación de tiempo e interés en la mejora continua de la propia formación profesional intelectual, técnica y manual.

No quiero entrar aquí en detalles concretos para implementar de modo eficaz este nuevo sistema de ayuda económica y social (técnicos expertos tiene el Estado), pero sí indicar el efecto de estabilizador automático de este sistema: en épocas de recesión aumentarían los préstamos que animarían la actividad y en épocas de expansión y recuperación sería más fácil devolver esos préstamos sociales conteniendo así el peligro inflacionista. Con la intervención de las instituciones financieras en la puesta en práctica de estos sistemas y con la ayuda, no sólo de las empresas, que siempre actúan de recaudadores por cuenta del Estado, sino especialmente de los sindicatos, se puede poner en marcha una propuesta estimulante que recupere la fuerza y la ilusión que ha caracterizado a nuestra sociedad en tantas ocasiones difíciles.

Conviene poner en marcha proyectos en los que todo el mundo se sienta partícipe, sea cual fuere la medida de sus posibilidades y que transformen el subsidio en confiada inversión en capital humano. A buen entendedor con pocas palabras basta. Es preciso transformar el mal estado del Estado del Bien-estar en un solidario y activo Estado del Bien-hacer.

José Juan Franch Menéu

 

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